La Imagen Poetica
LA IMAGEN POETICA
Por: José Antonio Vargas
La imaginación es libertad creadora. Pero no arbitraría ni sin sentido. He elegido esencialmente su modo de interpretación de las dinámicas imágenes de la literatura, el mito y la poesía. Hay bellezas específicas que nacen de la pintura.
Estamos, por cierto, frente a una imaginación ofrecida con toda sencillez, en la más simple de las intimidades, la de una pintura y su observador. La imagen poética puede caracterizarse como un vínculo directo de un alma otra, como un contacto de dos seres felices de hablar y de ver, en esa renovación de la pintura que es una imagen nueva.
La imagen debe ser ingenua. Tiene, de este modo, la gloria de ser permanente, psicológicamente permanente. Renueva el arte embelleciéndolo. Al considerar las imágenes poéticas del fuego tenemos una posibilidad más. Puesto que abordamos el estudio del lenguaje inflamado de un lenguaje que sobrepasa la voluntad del ornamento para alcanzar, alguna vez, la belleza agresiva. En el discurso inflamado, la expresión siempre sobrepasa al pensamiento. Al analizarlo desentrañaremos la psicología del exceso. Todo el psiquismo es arrastrado por imágenes excesivas. Las imágenes del fuego tienen una acción dinámica y la imaginación dinámica es un dinamismo del psiquismo. Esa franja de exceso que colorea imágenes nos revela una realidad psicológica que deberemos poner en evidencia.
Un valor propio y directo, de que no es sólo una manera de expresar pensamientos, de traducir, en palabras bien dispuestas, placeres sensibles. Y es así como he llegado a entrever los gérmenes de una ontología poética en cada imagen un poco nueva.
Con la imagen poética, uno puede aprehender el momento. Cuando se conoce la felicidad de pintar, a ella es preciso entregarse, cuerpo y alma, mano y obra. La pintura es, de alguna manera, una dimensión que desploma la realidad.. Cuando se vive esa consolidación de la imagen, de juguetona que era, se convierte en imagen poética, uno se convence de que la Poesía es un reino de la imagen. El reino Poético no está más en relación con el Reino de la significación: se sitúa por encima de las oscilaciones del significante y el significado que el psicoanalista, a causa de su oficio de esclarecedor de enigmas, debe medir. A veces la imaginación poética violenta la significación. Los surrealistas proporcionan muchos ejemplos de esta violencia. Había allí una necesidad polémica para provocar la libertad de imaginar. Pero ahora que la poesía ha conquistado su derecho a la verticalidad, una simple exaltación de la imagen nos da esta libertad.
No se recibe, en verdad, comunicación de una imagen poética si no se acepta esta imagen como una exaltación psíquica particular, como una metamorfosis del ser de la pintura. Una filosofía del Reino poético debería pues sugerir una doble elevación del ser: por encima de la realidad usual de los objetos, y por encima de la realidad psicológica de lo vivido de la realidad ordinaria.
Contra tales relieves psicológicos y metafísicos, la crítica es fácil. (...) Se nos objetará que al evocar para el lenguaje un reino Poético en el que abandonamos las obligaciones del lenguaje cotidiano, huimos dos veces fuera del ser: fuera del ser del mundo, fuera del ser de nuestro propio vivir. Los filósofos del Ser, los filósofos "ontológicos" se convencen muy fácilmente de la permanencia del ser en todos los modos del ser. Se ocupan del ser hasta en las brumas del ser. Apenas nacidos, existen. Y la realidad del mundo es para ellos una garantía inmediata de su propia existencia en el mundo. Si pudiéramos hacer sentir a continuación que en la imagen poética arde un exceso de vida, un exceso de imágenes, habríamos probado, detalle por detalle, que tiene sentido hablar de un a imagen caldeada, fogón de imágenes disciplinadas donde se consume el ser, en una ambición casi alocada por promover un ser-más, un más que ser.
Bajo la pluma de los filósofos de nuestro tiempo, la palabra "vivido" es, a menudo, una palabra que reivindica. Se la escribe entonces contra otros filósofos de los que se juzga con cierto apresuramiento que no aborda lo "vivido", que se contentan con un juego fácil de abstracciones, que eluden "la existencia" para consagrarse al "pensamiento". El problema no nos parece tan simple, y puesto que nosotros mismos utilizamos la palabra "vivido", cargada tan a menudo de sentido existencialista, no es preciso explicarnos. ¿Como creen en efecto, que se tiene la vida, toda la vida, la vida en profundidad, en un acontecimiento pasajero, en la intensidad relativa de una elección psíquica excepcional? Lo vivido conserva la marca de lo efímero si no puede ser revivido. Y ¿como no incorporar con lo vivido la más grande de las indisciplinas que es lo vivido imaginativamente? Lo vivido humano, las realidad del ser humano, es un factor de un ser imaginario. Deberemos probar que una poética de la vida vive la vida reviviéndola, intensificándola, desligándola de la naturaleza, de la pobre y monótona naturaleza, pasando de la realidad al valor y, suprema acción de la poesía, pasando del valor respecto de mí al valor respecto de las almas afines aptas para la valorización por lo poético.
Por otra parte, ¿quién vive su vida, quién vive la vida natural en su amplitud y su diversidad? La vida natural se vive en nosotros sin nosotros. Si se la vive bien, la consecuencia es que se la expresa mal. En nosotros la vida no es un objeto que podemos asir en todo momento. No es una unidad de ser que puede determinarse en un estar-ahí. El ser humano es una colmena de seres. Son los pensamientos lejanos, las imágenes alocadas los que hace la miel del ser, la sustancia de la vida poética. La vida de un hombre no tiene un centro. ¿En qué periferia se anima la vida? Y puesto que se anima sobre todo al expresarse, hacia qué imagen, en qué poemas encuentra el ser su verdadera vida, la vida excesiva? El ser humano jamás estar fijo, jamás está ahí, jamás vive en el tiempo en que los otros lo ven vivir, donde él mismo dice a los otros que vive. No puede tomarse la vida como una masa que avanza en una oleada y arrastra todo el ser en un devenir general del ser. A menudo, casi siempre, somos seres estancados sacudidos por remolinos. Basta con cambiar de imágenes para cambiar de tiempos. En el reino del fuego, somos una hoguera de seres. En nuestro fuego que nos da energía y vida, ¿dónde está el tiempo principal? ¿Es acaso el tiempo de la ceniza que mantiene al abrigo al fuego de mañana?
. Para el psicoanalista hay siempre una resistencia a un movimiento, y una profundidad bajo una superficie. El psicoanalista mira en profundidad y mira bien. Ve claramente en los profundos estratos del ser. Pero con ello arriesga perder el sentido de la altura, la sensibilidad a los impulsos de una verticalidad psíquica. Para el psicoanalista la profundidad es lo estable, lo sólido, lo permanente. Para el psicoanalista, no hay vestido adornado que no lleve un grueso forro. Cuanto más adornado el vestido, más grueso el forro. Y está hecho con la sólida tela de los complejos. Un arlequín de retazos de forro, tal es la personalidad profunda de un psiquismo brillante.
Filtrarse en nuevas imágenes es un destino normal de la pintura. En general, la excitación por pintar es una mala señal a los ojos de un psicoanalista. Emplea una palabra grosera, propia del manicomio, para condenar la exuberancia de las imagenes como "caos". Cree que la excitación por pintar es una excitación sustitutiva. Jamás piensa en el beneficio directo que recibe un psiquismo. De todas maneras, para un psicoanalista esta exuberancia es un trastorno superficial. Los psicoanalistas se lanzan a investigar causalidades psicológicas más profundas.
En consecuencia, para un soñador del lenguaje poético, para un soñador de la imagen esos derrames de imagens poéticas son manifestaciones del soplo vital, de una forma muy humana de soplo vital. En la poesía el soplo vital de la imagen se renueva sin cesar. Al veer a los poetas se tiene mil oportunidades de vivir en un imagen joven.
Una de las acciones más directas de la imagen es preciso encontrarla en lo imaginativo. Al soñar entre abundante imágenes poéticas, el pintor puede suplantar al psicoanalista. Es posible incluso que un doble método que enlace dos métodos contrarios, uno que vuelva hacia atrás y otros que asuma las imprudencias de una imagen no controlado, uno dirigido hacia la profundidad y otro dirigido hacia las alturas, produjera oscilaciones útiles y permitiera hallar el punto de unión entre las pulsiones y la inspiración, entre lo que empuja y lo que aspira. Es preciso remitirse siempre al pasado y también, sin cesar, desembarazarse del pasado. Para vincularse al pasado es menester amar la memoria. Para desligarse del pasado es preciso imaginar mucho. Y esas obligaciones contrarias vivifican la imaginación.
Una filosofía completa del lenguaje debería, pues, unir las enseñanzas del psicoanálisis y de la fenomenología. Sería entonces menester añadir al psicoanálisis un poético-análisis donde se pondrían en orden las aventuras de la pintura, donde se daría libre curso a todos los medios, a todos los talentos de expresión.
Para desentrañar en todas sus sutilezas un poético-análisis de un hombre que se expresa, no hay que contar con los psicoanalistas. Son escasos los psicoanalistas que leen a los poetas, que señalan cada día de su vida por el amor a un poema. El poético-análisis debería ser una profundización muy íntima de la alegría de imaginar. Cada uno comenzara entonces, por medio de su poético-análisis, su propio psicoanálisis. Un auto psicoanálisis es fácil cuando se es viejo. Para un poético-análisis bueno y fervoroso sería necesario ser joven. Así el largo relato de mis tormentos de método, cuya historia he querido narrar, no conduce a una tranquilidad homogénea. Cuanto más trabajo, más me diversifico. Para encontrar una unidad de ser, sería necesario tener todas las edades a la vez.
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